Hay un veneno en Castilla que penetra a través de los ojos de todos sus artistas y les condiciona la mirada y el sentir: el paisaje de horizontes amplios, lejanos, de colores saturados en un atardecer, bajo el polvo canicular o azotados por el viento. Así, en la pintura de Rodrigo Alonso Cuesta, burgalés, castellano, bregado en la pintura al aire libre por los concursos veraniegos, ese veneno se ha introducido de manera que sus paisajes, cuanto más abiertos de horizontes, más logran la emoción de quien los disfruta.

Pero a ese veneno hay que añadir el otro gran componente de la pintura de este joven licenciado de Bellas Artes: me refiero a su incesante afán por conocer, por formarse en técnicas y disciplinas artísticas. Inquieto, siempre insatisfecho, como Picasso decía, “de un lienzo al siguiente, siempre más allá, más allá”, la pintura de Rodrigo recala de la abstracción a la figuración para volver a la abstracción. No hay pues conformidad ni cesión ante el mercado. Como decía de él otro pintor, Jesús Arribas, hay una “progresión ambiciosa de experimentación”, con un uso audaz del color y la yuxtaposición de planos, marcada por la presencia de líneas de horizonte altas en los paisajes y presencias solitarias y rotundas en los bodegones.

Es la representación de la naturaleza (bodegones y paisajes, entre otros motivos) junto con la anatomía humana, piedra de toque del artista bien formado. Sólo quien estos motivos domina puede, con honestidad y rigor, osar romper los convencionalismos para expresarse mediante la abstracción y el informalismo. Lo demás corre el peligro de ser fraude o, en el mejor de los casos, flor de un día, con más o menos fortuna entre la crítica y los espectadores.

Cada bodegón se nos presenta rotundo en su sencillez, a veces en una gama de colores homogénea una fruta solitaria tiene la capacidad de llenar el lienzo, donde una simple línea de sombra sitúa los objetos en el espacio, tan sutil que en ocasiones no lo define sino el cambio de color en el fondo. Es así protagonista el humilde objeto (esa calabaza, ese plato de uvas) que al colgar de la pared, insolente, en la mejor tradición del “arte por el arte”, dignifica el tema.

Paisajistas hay muchos; es normal que la representación del entorno sea un motivo frecuente, pues se pinta lo que se ve. La verdadera esencia del arte se reconoce, entre tanta uniformidad, en quienes, como Rodrigo, introducen su mirada, transformando colores o, como es frecuente, introduciendo sencillos elementos, pinceladas, que al estar adecuadamente situadas, son el secreto de la buena composición y hacen acertado el conjunto. Le auguro a Rodrigo un futuro prometedor, pues está dando muestras de sensibilidad, conocimientos y capacidad. De momento nos hace disfrutar con sus cuadros: hagámoslo.

Ignacio González de Santiago

Gestor cultural